La inteligencia artificial está entrando rápidamente en todos los ámbitos de nuestra vida y nuestro trabajo.

Agentes autónomos, automatización, decisiones cada vez más complejas.

Es fácil centrarse en lo técnico.

Es más difícil detenerse y reconocer una verdad esencial.

 

La inteligencia artificial no es un sujeto moral.

No tiene intención.

No tiene responsabilidad.

No sufre las consecuencias de sus actos.

 

Si un sistema de IA falla, la responsabilidad siempre es humana:

de quien lo diseñó, de quien lo eligió, de quien lo puso en producción, de quien lo utilizó sin comprender sus límites.

 

El verdadero riesgo hoy no es la IA en sí.

Es su uso sin responsabilidad.

 

La inteligencia artificial es como el fuego.

Una fuerza revolucionaria que permitió la civilización y también la destrucción.

El fuego no se idolatra.

No se desafía.

Se estudia, se gobierna y se utiliza con conciencia.

 

El desafío no es tecnológico.

Es cultural, ético y humano.

 

No se trata de lo que la IA puede hacer.

Se trata de lo que estamos dispuestos a asumir como responsables.

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